Gracias a Juan Paulo Marquez, Periodista
Hace ya un tiempo, terminé de escribir mi primer libro. Un relato interesante que habla de mis raíces y el alcance que he tenido como ejecutivo de Empresas Fortune 100.
Pretende este pequeño relato, sumar la importancia de las raíces y el no olvidarlas con el alcance de hasta donde se puede llegar cuando se quiere, sin olvidar de dónde eres y hacia dónde te diriges.
Hoy quiero compartirles un extracto de las lecciones de vida que recibí, de aquellas personas que por alguna razón, se convirtieron en mis mentores. Espero les guste ésta lección de humildad que a continuación se relata en el libro.
...Abuelo Tuno, tenía
cientos de historias, que en realidad eran grandes lecciones de vida, humildad,
trabajo, éxito, entrega, valentía,
liderazgo, inteligencia y sabiduría y
todas ellas se me tatuaron en la mente y albergan un lugar especial en mi corazón.
Recuerdo una que dejó
a mi abuela con la boca abierta y con gran pena, porque fue una lección de
humildad digna de ser impartida en el mejor Doctorado en vida y que se la
desearían Oxford, Harvard o Stanford, aunque en realidad la dio un hombre que
solo tenía segundo grado pero que definía y llamaba a las cosas por su justo
valor.
Un domingo cuando
cerraron su negocio, mis abuelos caminaban a la casa ubicada a cuatro cuadras
al norte del Mercado Central. Quedaba
camino hacia la que fuera la Penitenciaría Central, hoy Museo del Niño, y como
llevaban algunas bolsas con comida mi abuelo le pidió ayuda a Evelio, un
empleado del negocio. Evelio muy amablemente cargó las bolsas hasta la casa
caminando detrás de ellos.
Una vez en la casa, mi
abuelo le dijo a Evelio -querés comerte un gallo con nosotros-.
-Sí claro, respondió
el muchacho, y fue a lavarse las manos-.
Cuando mi abuelo Tuno
fue al comedor, se encontró que en la mesa grande había dos platos y en otra
mesa pequeña ubicada a un lado, sólo uno, pues María Rosa, Yaya mi abuela, le sirvió ahí a
Evelio. Costumbre normal de la época.
-Evelio, veníte aquí a
la mesa grande conmigo. Ve que raro “Rosa” escogió no almorzar con nosotros y
no entiendo por qué, dijo el abuelo.
Definitivamente, don Faustino era un hombre que siempre estuvo lleno de historias, y lo más relevante es que cada uno de ellas dejaba una enseñanza. Enseñanzas que recibieron muchas personas hasta que en 1959 se apagó su vida repentinamente, dejándole a mi abuela como herencia un negocio con 600 colones en efectivo y 2.000 en deudas, que en ese entonces era bastante dinero"...
Lecciones como ésta todos hemos tenido, el secreto es no olvidarlas sino tenerlas presente para que nunca olvidemos de dónde venimos, a quién y cómo tratamos y hacia dónde vamos.
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